Cuando la vida personal toca la puerta

Puede ser una enfermedad, una pérdida, una crisis existencial. En nuestro caso, fue un diagnóstico inesperado. Uno de los socios recibió una noticia que lo paralizó: algo en su cuerpo, y también en su alma, necesitaba atención urgente. De repente, las reuniones con clientes, los informes, los objetivos trimestrales perdieron todo su peso.

 

La empresa, que siempre había sido un refugio de estabilidad, se convirtió en un recordatorio de lo frágil que es todo. Los demás socios, al principio, no supimos cómo reaccionar. Seguíamos con la rutina, pero algo estaba roto. Fue entonces cuando entendimos que no podíamos seguir fingiendo que la vida personal no afectaba al trabajo. No éramos máquinas; éramos personas, y una de ellas se estaba desangrando.

 

Aquel día, sentados en una sala de espera de hospital, miramos el logo de la empresa en el móvil y nos preguntamos: ¿esto qué significa ahora? La respuesta tardaría meses en llegar, y llegaría en forma de billetes de avión, mochilas y caminos.

Cuando la empresa era una cosa y nosotros otra

Fundamos la empresa en 1999. Por entonces, el mundo era otro: Internet empezaba a despegar, los móviles apenas servían para llamar, y nosotros éramos jóvenes llenos de energía y con una idea clara de negocio.

Nuestro objeto social inicial era la consultoría técnica para pequeñas empresas. Pasábamos los días en oficinas, delante de pantallas, resolviendo problemas ajenos y construyendo algo que creíamos sólido.

Durante dos décadas, la empresa creció, cambió de local, amplió su cartera de clientes. Pero algo permanecía inmutable: la separación entre lo profesional y lo personal. Éramos personas en la oficina y personas en casa, como si dos vidas paralelas pudieran sostenerse sin tocarse. Mirando atrás, entendemos que estábamos construyendo un castillo de arena: eficiente, funcional, pero sin cimientos emocionales.

Las fotos de aquella época muestran grupos sonrientes en cenas de empresa, oficinas ordenadas, logros celebrados. Pero si miras con atención, ves la mirada ausente de algunos, la tensión contenida de otros. No lo sabíamos entonces, pero la vida personal ya llamaba a la puerta, y tarde o temprano entraría sin pedir permiso.