Puede ser una enfermedad, una pérdida, una crisis existencial. En nuestro caso, fue un diagnóstico inesperado. Uno de los socios recibió una noticia que lo paralizó: algo en su cuerpo, y también en su alma, necesitaba atención urgente. De repente, las reuniones con clientes, los informes, los objetivos trimestrales perdieron todo su peso.
La empresa, que siempre había sido un refugio de estabilidad, se convirtió en un recordatorio de lo frágil que es todo. Los demás socios, al principio, no supimos cómo reaccionar. Seguíamos con la rutina, pero algo estaba roto. Fue entonces cuando entendimos que no podíamos seguir fingiendo que la vida personal no afectaba al trabajo. No éramos máquinas; éramos personas, y una de ellas se estaba desangrando.
Aquel día, sentados en una sala de espera de hospital, miramos el logo de la empresa en el móvil y nos preguntamos: ¿esto qué significa ahora? La respuesta tardaría meses en llegar, y llegaría en forma de billetes de avión, mochilas y caminos.






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